¿Deberías decir la verdad? ¿Siempre o existen excepciones? Me fueron planteadas estas preguntas tiempo atrás, y aunque la conciencia me obligaba a decir que sí, no paraban de llegar a mi mente todos aquellos secretos y desventuras que me impedían hacerlo. Me era lógico pensar, si a ello puedo llamar lógica, que no decir la verdad me está permitido en tanto con ello pueda abstenerme de las consecuencias negativas de decirla. Mejor aún, si no debo decir la verdad, pero tampoco quiero mentir, lo mejor sería callar o decir poco, ¿no?
En mi intento de justificar mi falta, fui más allá. ¿Acaso existirá siquiera algo que pueda ser calificado como verdadero? imposible. ¿Por qué entonces estaría obligado a decir la verdad? Me equivocaba, estaba tratando a la verdad como se trata al bien, al mal y al Derecho, con un “depende”, el maravilloso as que es capaz de justificarlo todo. La verdad era entonces mi verdad, el conjunto de prejuicios, vivencias y circunstancias que inevitablemente impregnan la forma en que cada uno percibe la realidad, y por consiguiente, totalmente servil a mis deseos.
Y digo que me equivocaba porque era incapaz de entender que el mal detrás de no decir la verdad en nada estaba relacionado con sufrir las consecuencias de las desventuras que encubría. El precio de la mentira era mi libertad y mi propio ser, es ponerse una máscara que te encarcela, que vive por ti, que te restringe el futuro que debió ser y nunca fue, y que, con tiempo suficiente, es capaz de desvanecer completamente quién eres.
Ahora bien, ¿la verdad a quién sirve? Resulta extraña la pregunta; para ello, los puedo colocar en contexto: Piensen vívidamente en un hombre cuya naturaleza es la de ser asesino; estaríamos de acuerdo en que, si su verdad implica matar a los demás, bueno sería que mintiera. En este evento, si la verdad sirviese a la “razón”, nada tendría de malo el que matara; al final, biológicamente hablando, no hay forma de justificar nuestra vida, la humana, como más o menos importante que la vida de un perro o la integridad estructural de una piedra. Aún más, el determinismo físico establece que cada partícula en el universo está destinada inevitablemente a un devenir inmutable, de modo que la facultad de juzgar a quien mata conforme a derecho nos está vetada, pues el destino del que mató le impedía hacer otra cosa.
En 1886, Friedrich Nietzsche resolvió la cuestión: la verdad no debe servir a la razón, sino a la vida. Cada vez que sirve a la razón, el desastre es inevitable. Que las bombas atómicas son las mejores herramientas jamás creadas para la guerra, racionalmente verdadero; que los fetos antes de las 24 semanas de gestación en el vientre no se consideran humanos, científicamente justificable; que traer un bebé discapacitado o cuando se está en condiciones de pobreza al mundo es una mala opción, económicamente inteligente; y, sin embargo, las atrocidades que suponen su aceptación son de una crudeza moral indescriptible.
Que la verdad sirva a la vida, presupone que la vida humana es digna, que depende de las circunstancias de cada uno, y por tanto no puede ser tiranizada, y que su fin moral último, el de la justicia, no admite excepciones. Y sí, aceptar una definición de verdad así es difícil, porque nos obliga a actuar desinteresadamente, pero solo aquello que es difícil será glorificado.
Recuérdenlo, la verdad os hará libres.
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