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Jueves, 26 de marzo de 2015

La llegada de Almagro se presenta luego de dos períodos consecutivos de José Miguel Insulza en la Secretaría General. Durante este tiempo se han presentado diversas situaciones útiles para evaluar la eficacia y credibilidad de la organización, sobre todo en relación con la defensa de la democracia y los derechos humanos, piedra angular de la estructura del Sistema Interamericano. La realidad es que un ejercicio evaluativo al respecto no deja a la OEA en la mejor posición. Incluso a pesar de las más recientes transformaciones, primero con la Resolución 1080 de 1991, luego con la emisión oficial de la Carta Democrática Interamericana en 2001.

Todos los esfuerzos adelantados por César Gaviria Trujillo durante su estadía en la misma posición de secretario general, entre los años 1995 y 2005, se fueron quedando cortos en el tiempo y el buen impulso y aire renovador impreso por el expresidente colombiano no fue suficiente para que los gobiernos del continente dejaran atrás la visión creada de club político, con beneficios para sus socios más poderosos, en lugar de tener presente la de un organismo multilateral que ofrece iguales garantías a todos sus Estados miembro. Esta visión y estructura de club, en la que Washington tuvo siempre alguna prelación por sobre los demás actores, fue la que abrió el camino a, por lo menos, dos asociaciones políticas que defienden la multilateralidad en la región: la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac).

Así las cosas, le corresponde al nuevo secretario general trazar rutas que faciliten retomar la vía de la renovación del organismo hasta hacerlo nuevamente atractivo. 

Ya en su discurso de aceptación del cargo se refirió al hecho e insistió en que lo primero que debe atacarse, a nivel continental, es la fragmentación política. Señaló insistentemente que la OEA es unitaria y única en su naturaleza, “se trata de un espacio único, no es la Unasur, ni la Celac ni Caricom, tampoco el Sica, ni Mercosur, ni Nafta ni la Alianza del Pacífico, abarca todo ello y la suma deberá ser más que las partes”, dijo.

No obstante el discurso de Almagro, la realidad es que la mayor parte de los latinoamericanos está viendo una clara confrontación entre la OEA y Unasur, a nivel suramericano, y entre la OEA y la Celac desde un espectro más amplio. Tanto en los espacios de Unasur como la Celac, las críticas al rol de Estados Unidos en el Sistema Interamericano son una constante. Su tradicional injerencia en asuntos de los miembros de la organización es fuertemente cuestionada, sobre todo por los gobiernos suramericanos. De ahí que se pueda precisar que los más grandes retos que tiene Almagro por delante son los cambios de imagen, de estructura de funcionamiento y, muy importante también, el relacionado con el presupuesto. Los poco más de US$82 millones anuales resultan insuficientes para operar.
 

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