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Viernes, 19 de febrero de 2016

Brasil, por ser el actor de mayor juego en la región, pasa por momentos difíciles. Lo afecta la corrupción y la incapacidad del gobierno de Dilma Roussef, que no goza del respaldo popular y se encuentra con una economía complicada, pues depende en buena parte de sus líneas de comercio exterior que en los últimos años han sido afectadas por la situación de  China, su socio comercial preferente. La desaceleración de la economía del gigante asiático, con tasas para este año más bajas del 7%, se tiene que reflejar en el crecimiento de Brasil que podría incluso ser negativo.

Con Colombia, la relación bilateral tiene más que ver con la política en la región -en algunos aspectos también con el manejo ambiental en la Amazonía- pero en términos de comercio somos poco competitivos puesto que los dos países producimos prácticamente los mismos artículos. 

La relación cafetera que fue de especial importancia cuando operaba el Pacto mundial, pero hoy se ha reducido a compartir información a través de la oficina del café de Londres, en donde  no se toman decisiones de fondo que tengan las repercusiones de antes. 

Es más que todo una dependencia para recoger estadísticas de producción y venta, sin mayores alcances para el manejo de cuotas o  de  precios en el mercado.

El pronóstico de crecimiento del PIB brasilero, es negativo para 2016 y la baja de los precios del petróleo ha venido reduciendo las expectativas. 

El mal gobierno empuja a las gentes a la protesta en las calles, muy semejante a lo que aconteció en la época de Collor de Melo, cuando sobrevino el “inpeachment” que defenestró al mandatario, siendo reemplazado por el vicepresidente Itamar Franco. Los hechos se están mostrando iguales y la presidenta Roussef parece incapaz de controlar la situación, así tenga el apoyo de Lula que impuso su sucesión y ha logrado mantenerla en el poder. 

En Argentina, el triunfo de Macri es un cambio de fondo frente a la era de los Kirchner, que tiene repercusiones en Brasil y en organismos como Unasur y Mercosur, dominados por los gobiernos de izquierda de América del Sur. Venezuela es cada vez más débil en sus relaciones bilaterales, dada  su situación interna con altísima inflación, desabastecimiento y crecimiento negativo. Un apoyo de Brasil en estas circunstancias parece imposible de lograr y lo propio sucede con Argentina, Ecuador y Bolivia.  Lo que acontezca con Uruguay o Nicaragua es irrelevante por las cifras que se manejan. Con una Asamblea  dominada por la oposición que acaba de negar las facultades solicitadas por el presidente Maduro, es posible adivinar que Venezuela no es hoy el mejor aliado para sus compañeros del continente, cuando el petróleo se convertía en la mejor arma política. Ante la imposibilidad de que Maduro deje el poder en forma voluntaria, la oposición le apuesta a la presión internacional, una posición que también coincide con la de Estados Unidos. El 2016 responderá por esta circunstancia.
 

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