Agregue a sus temas de interés

Agregue a sus temas de interés Cerrar

Germán Corcho Tróchez - gcorcho@larepublica.com.co sábado, 21 de septiembre de 2013

La política en Colombia es un asunto de familia. Para la muestra, en las próximas elecciones podrían estar un nieto y un sobrino-nieto del expresidente Eduardo Santos Montejo en el mismo tarjeton de los aspirantes al principal cargo público del país: el actual Jefe de Estado Juan Manuel Santos, quien todavía no ha dicho si buscará la reelección, y su primo, el exvicepresidente Francisco Santos.

Más alla de apellidos y parentescos, el fenómeno que Álvaro Salóm Becerra describió en su libro, El Delfín, es una de las tantas expresiones de la estrechez con que se ha desarrollado el sector del poder en Colombia.

Iván Garzón Vallejo, director del programa de ciencias políticas de la Universidad de la Sabana, lo define como un “ámbito cerrado de élites” que tienen unas lógicas de protección y reproducción muy difíciles de vulnerar. “Por eso los outsiders o políticos jóvenes son mal vistos y los delfines toman atajos en su carrera, aprovechando los contactos, el privilegio y lo que está asociado a su nombre para bien o mal”.

Pero si de variedad de nombres se trata el delfinazgo, que según la directora de la organización Congreso Visible, Laura Wills Otero, es “un término peyorativo y mal usado en muchas partes”, esa diversidad también responde para los expertos consultados a un factor ligado a Latinoamérica misma, donde ocurre al mismo nivel en Brasil y Chile, y especialmente en países de Centroamérica como México y Guatemala.

“La lógica de los delfines funciona en muchos países. Lo que pasa es que no en todos se da por una relación de parentesco, pero uno tiende a escandalizarse por lo que ocurre en su país”, explica el argentino Juan Pablo Milanese, politólogo internacionalista y docente de la Universidad Icesi de Cali.

En el caso de Colombia, las regiones son una especie de croquis interno. De hecho, cada una tiene su clan. Por mencionar a algunos, en la Costa resaltan los Char, Name y Gerlein (Atlántico), Guerra (Sucre) y García (Sucre y Bolívar); en el Valle del Cauca, los Holguín; en Antioquia, los Gaviria y Valencia; y en Bogotá y Cundinamarca, los Santos, Gaviria, Galán, Samper y Pastrana.

En un sondeo realizado por LR, fueron contabilizados en total de 43 dirigentes y aspirantes con genealogía política. “El tema”, en opinión del docente de la Universidad del Rosario, Germán Sahid, no es tanto de corrientes o ideologías políticas, sino de la dinámica misma del sistema.

“El gran varón electoral, al retirarse, confiere sus banderas a sus hijos. La curul se convierte en el brazo largo del gamonal, del líder empresarial, del terrateniente que desea mantener su poder a la distancia”.

‘Roscas’ y reacomodamientos
Los grupos políticos, en esencia, se han reiterado, especialmente, a nivel local, donde es más fácil palpar el cierre de espacios de paticipación para los nuevos movimientos.

Alejandra Barrios, directora de la Misión de Obersvación Electoral (MOE) sostiene que incluso por departamentos y capitales se pueden armar mapas de apellidos que, de manera gradual y ascendente, ocupan cargos de gran envergadura, hasta poseer representación en el Congreso. “En las familias se ven unas simbiosis interesantes: pasan de lo público a lo privado y viceversa, o una parte se dedica a contratar con el Estado y la otra es la representación del Estado”, indica.

Y si algo va a marcar la próxima contienda electora, en opinión de los especialisas, son los reacomodamientos y legados que obligadamente causaron las ya conocidas alianzas con la ilegalidad, en mayor cantidad con el paramilitarismo. Un hecho que responde justamente al momento de desorden en el que surgieron nuevas opciones, y al afán de las familias tradicionales por mantener su dominio y evitar la llegada de ‘outsiders’.

“Lo que vamos a ver son familiares en contienda, en diferentes partidos. Llama muchísimo la atención cómo hay listas que prersentan a su gente como la renovación y lo que encontramos, que no pasa por las edades, son integrantes de los clanes que han estado en los últimos 80, 60 o 40 años en política, y en los últimos 10 para los más nuevos”, advierte la directora del MOE.

Al final lo que reflejará la época electoral del año entrante es que ni el delfinazgo está cerca de acabarse y que, una vez más, los colombianos son quienes tienen la última palabra en sus conciencias y las urnas.

Las opiniones

Juan Pablo Milanese
Politólogo Universidad Icesi de Cali

“Este es un fenómeno recurrente en términos de parentesco: familiares que entran al ruedo de la mano de sus predecesores. Unos con méritos, otros sin ellos. Unos con interés de una carrera personal y otros por llenar. Pero no es la única manera de sucesión”.

Laura Wills Otero
Directora de Congreso Visible

“Depende de quien sea la persona que trate de decidir el camino de su pariente. No por eso debe ser descalificado. Probablemente sí hereda votos de su familiar, pero ello no significa que necesariamente no vaya a realizar una buena labor”.

Iván Garzón Vallejo
Director del programa ciencias políticas – Unisabana

“A los delfines no hay que juzgarlos ni por su pasado ni por su parentesco, sino por sus obras. En ese sentido, los delfines en la política son inevitables, porque dentro del capital de un político, el familiar sigue siendo importante e influyente”.

Alejandra Barrios
Directora de la Misión de Observación Electoral (MOE)

“Este fenómeno a lo que no ayuda es al pluralismo, a la renovación y la generación de nuevos liderazgos. Quienes vienen de familia o clanes de tradición, empiezan en cargos importantes, mientras que a los nuevos les queda mucho más difícil”.

LA REPÚBLICA +

Registrándose puede personalizar sus contenidos, administrar sus temas de interés, programar sus notificaciones y acceder a la portada en la versión digital.