Alejandro Arias Lunes, 10 de septiembre de 2012

Y si se trata de sumergirse en la búsqueda de las razones que fundamentan el Festival Vallenato se pueden encontrar joyas como la descrita en el libro “Construcción de identidades y transculturalidad, en México, a partir de la música caribeña colombiana” escrito por Darío Blanco Arboleda en el que el autor precisa que “la música de acordeón como folclor hacía parte de toda la región de la Costa Atlántica pero con la necesidad de Valledupar, de crear un elemento cultural propio que los diferenciara de las demás regiones, se fue dibujando una nueva historia para apropiársela y desplazarla.

Es así que Valledupar con su festival comienza a ser el nuevo dueño del género musical. Como plantea Martín Barbero: ´la apropiación y reelaboración musical se liga o responde a movimientos de constitución de nuevas identidades sociales´. En torno al vallenato se da identidad cultural y un elemento cohesionador a toda la cultura del Valle de Upar, constriñendo y parcializando sus orígenes, haciéndole creer al país y a sus propios habitantes que son los dueños y creadores del vallenato”. Una razón alimentada de forma institucional para enervar el orgullo de ser valduparense.

En santa Marta, en cambio, no existe una sola política que permita construir elementos de identidad que cohesionen nuestros sentimientos y orgullo samario alrededor de las Fiestas del Mar. No hay lazos que unan a Ciudad Perdida, el Parque Tayrona, la Sierra Nevada de Santa Marta, las diferentes playas y otros escenarios que representen nuestra identidad con el sentimiento de las gentes que hoy habitan a Santa Marta, que por cierto, cada vez son más gentes de influencias culturales distintas.

Las Fiestas del Mar como patrimonio cultural y elemento cohesionador no cumple ningún propósito. No entraña arraigo de orgullo y de preservación de nuestros íconos sociológicos, de aquellos que hagan gritar “me siento orgulloso de ser samario”. Personajes como Carlos “el Pibe” Valderrama, Antony “Pipa” de Ávila, Falcao, Johan Volanthen, entre otros, resultan míticos, lejanos casi ausentes a nuestra cultura.

A propósito de la presentación de Carlos Vives; pregunté entonces a muchos amigos ¿qué hace que Carlos Vives sea un símbolo de nuestra ciudad? Todos coincidieron en que más que su genialidad para haber logrado derribar las barreras sociales y las fronteras que sitiaban al vallenato, más que sus éxitos actorales, su brincado bailador y sus pantalones cortos es su personalidad. Es la epidemia de optimismo que él contagia con su espontaneidad, su mirada y su risa.  Me atrevo a decir que si ese potencial lo hiciéramos vivencial en todas las comunas de la ciudad y de la mano de Vives creáramos un capítulo llamado los amigos de Vives y con  él impregnáramos a todas nuestras gentes del orgullo samario aproximándolos a todos esos escenarios que hoy están vedados para las mayorías de quienes vivimos en ella haríamos de las Fiestas del Mar una excusa para  recordar el compromiso que tenemos con lo nuestro.

Las Fiestas del Mar deben cumplir un fin, un objetivo, una razón de ser: motivarnos a atesorar las razones de nuestra idiosincrasia, impulsarnos a amar fervientemente y cohesionarnos alrededor de todos aquellos motivos culturales y ancestrales que nos unen a Santa Marta. Deben ser el pegante social que nos adhiera unos a otros sin distingos de clases, debe hacer que como samarios todos nos lancemos al mundo teniéndola a ellas como razón de orgullo. De otra forma, como vamos, para los samarios las Fiestas del Mar seguirán siéndonos simplemente ajenas.