Lunes, 9 de marzo de 2015

Eso está bien, es necesario y justifica que además de felices, también podríamos pasar como el país más folclórico del mundo; pero, ¿qué es lo realmente grave de una situación en la que la opinión pública habla y vocifera sin piedad y no concluye el tema coyuntural con una reflexión o autoevaluación de fondo?.

Se ha puesto a pensar, ¿qué hubiera pasado si “Nicky” hubiera tenido el chance de preguntarle a un policía norteamericano el resumen de su árbol genealógico?; ¿qué hubiera pasado si el pequeño “Nicky”, le hubiera dicho a la Guardia Suiza que los iba a sacar de Roma?; ¿cómo hubiera reaccionado la Polizia di Stato italiana si “Nicky” les hubiera acariciado amorosamente su pecho?; ¿en qué condiciones estaría el enguayabado “Nicky” si le hubiera gritado a un policía tunecino “usted mañana amanece muerto”?.

En Colombia, como en ninguna parte del mundo, cada reunión social, almuerzo, “desenguayabe”, fiesta, tertulia, primera comunión, bautizo, planeación estratégica y hasta retiro espiritual, podrían fácilmente tener un ingrediente en común: el licor. Celebraciones desde los lunes, “puestas de cachos”, decepciones amorosas y reuniones de trabajo, suelen terminar con alguien que en medio de la nada, con tono entre muy baboso y muy estúpido, saca el lobo herido que lleva por dentro y empieza a hablar de plata, propiedades, relaciones públicas y proyectos futuros. 

El problema real no es el exceso de licor, la emotividad desbordada o las conversaciones de poco o mucho calibre que la sociedad en su intimidad pueda tener. El problema real, además de la falta de control individual de algunos pertenecientes a esa comunidad; es el desbordado irrespeto y falta de autoridad que tienen quienes deben hacer preservar el comportamiento individual de los tontarrones que se creen los reyes del mundo cuando se emborrachan con un vaso de agua con limón.

Los policías de nuestro país, colombianos seguramente con ganas de hacer su trabajo lo mejor posible, además de tener que foguearse con los evidentes peligros de la calle y con tontarrones enardecidos por el licor;  deben cargar con el peso emotivo de una entidad desprestigiada y vigilada con lupa en sus actuaciones al margen del abuso desbordado de la fuerza y la evidente ridiculización por no excederse en la misma.

Cada ser humano en la calle se ha convertido en una cámara ambulante que registra cada actuar personal tanto de fanfarrones como Nicolás Gaviria, como los policías que en este caso fueron excesivamente permisivos e infantiles al hacer valer el honor de una institución. 

Si bien, la doble moral que impulsa el accionar a la hora de reaccionar frente a semejantes improperios hubiera dado para que alguien hubiera argumentado “exceso de fuerza de la autoridad”; está claro que todos los colombianos, sin importar si somos hijos del Presidente, sobrinos del Papa o nietos de la Negra Candela, todos tenemos la obligación así no sea legal ni constitucional, de NO SER ESTÚPIDOS. 

Esa condición de por sí, no inherente a una enfermedad, sino a la baja capacidad para tolerar una noche de copas, es la culpable de confesos asesinos que sin querer, han matado a familias enteras mientras conducen bajo los efectos de su propia euforia.

Nicolás Gaviria, además de ser un problema enorme para la sociedad, es el reflejo vivo de la corrupción de muchos de nuestros gobernantes, que utilizando su fuero, su apellido o los contactos que cargan en su teléfono, pisotean y ultrajan a todo un país y a una entidad que más que vergüenza excesiva, debería estudiar a fondo sus valores corporativos y la coherencia con ellos, para no seguir siendo simplemente una fundación que se compra con un billete de $50.000.