En medio de la polarización y de los conflictos geopolíticos que determinan la actual coyuntura y el funcionamiento de la economía mundial, China acaba de lanzar su XV Plan Quinquenal, la carta de navegación de la planificación económica y social de ese país para el período 2026–2030.
Se trata de abordar la transición de la fase de industrialización a la tecnológica, a la economía digital.
El plan se fundamenta en la estrategia denominada “modernización al estilo chino” y se concentra en lo que se ha venido a llamar “resiliencia sistémica”.
El documento refuerza el papel del Partido Comunista chino como arquitecto del desarrollo y del Estado como garante del interés colectivo; en otras palabras, ratifica el papel del Estado por encima del mercado. La prioridad del programa radica en lograr la independencia tecnológica, especialmente en el sector de los semiconductores, la inteligencia artificial, la manufactura avanzada y las tecnologías digitales y cuánticas.
Otra prioridad es buscar la seguridad energética y alimentaria, así como la “resiliencia de las cadenas de suministro”, término en extremo ambiguo, pues, si bien intenta vender a China como un factor decisivo de estabilidad en las cadenas mundiales de valor, en realidad se trata de mantener y consolidar su control y funcionamiento autónomo sobre ellas frente a las presiones geopolíticas externas.
Por consiguiente, lejos de buscar esta resiliencia para reforzar la globalización, lo que realmente pretende el plan es reducir la exposición de China a la economía global, pero manteniendo su influencia en ella.
Se trata de consolidar cadenas industriales completas dentro de China: no solo ensamblar, sino dominar cada eslabón y diversificar proveedores externos para disminuir su dependencia, lo que va en contra de las cadenas de valor flexibles y, por supuesto, globales (Tzili-Apango, Estratequio).
Es decir, la denominada “resiliencia” es un concepto eminentemente político que busca reducir consolidar la hegemonía China en las cadenas de valor.
Lo anterior puede llevar, más bien, a fragmentar esas cadenas, a debilitar el sistema multilateral de comercio y, claro está, a fomentar los campeones nacionales chinos.
Así que el plan no se limita solo a un programa interno, sino que se concibe como un “ancla de estabilidad del crecimiento global”, en donde se busca lograr, de manera prioritaria, la calidad de proveedor mundial de bienes públicos, lo que incluye infraestructura, manufactura y tecnología. Entre las metas de esta sección del plan está la de convertirse en un actor clave en la gobernanza económica internacional, especialmente para el sur global.
Llama la atención que el plan no da ninguna prioridad a solucionar el problema relativo al desequilibrio estructural que padece la economía china, debido al desajuste entre su reducida demanda interna y la gigantesca capacidad de producción de ese país.
Esta circunstancia lleva a la economía china a depender de las exportaciones de esos grandes excedentes, que distorsionan los mercados, falsean la competencia, generan ventajas competitivas artificiales y son la causa de la competencia desleal de ese país con sus socios comerciales.
Por ello, este nuevo plan quinquenal es motivo de alarma y preocupación en Occidente y se ve como una amenaza para Latinoamérica y el sur global. En concreto, se prevé un auge de los subsidios y del control geopolítico chino en estos mercados, lo que va a llevar a exacerbar las tensiones en las relaciones comerciales.
Así que no nos entusiasmemos mucho y no nos llamemos a engaño. Estamos avisados.
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