Este año cumplo cuatro años desde que inicié una de las travesías más maravillosas de mi vida: la docencia universitaria en derecho. Hay una cuestión que corrobora con el pasar del tiempo en el aula: quien más aprende dentro de un salón de clase es el propio profesor. Enseñar no es simplemente impartir contenido, es asumir la responsabilidad de hacer de ese espacio algo memorable. No es menor: allí se forma, en buena medida, el presente y el futuro de lo que somos y de lo que seremos como sociedad.
He tenido, además, la fortuna de haber vivido la vida universitaria hace relativamente pocos años y de haber contado con maestros que me marcaron profundamente, tanto en lo profesional como en lo personal. A ellos los recuerdo con gratitud y procuro honrarlos en mi ejercicio diario.
De esa experiencia han surgido algunas ideas prácticas, que he venido anotado en mi libreta de vez en vez, sobre la formación jurídica que rara vez se discuten, pero que en la realidad resultan determinantes, sin importar el sector o la vocación. Son elementos que pueden convertir a un estudiante de derecho en un verdadero agente de transformación en un siglo XXI que exige, cada vez más, criterio y adaptabilidad.
Comparto tres de ellas, con la claridad de que no son verdades talladas en piedra u objeto de un manual, pero sí puntos de partida útiles para quienes están próximos a enfrentarse al exigente, pero fascinante, mundo profesional del derecho.
La primera suena simple, pero no lo es: la memorización “letra por letra” dejó de ser el eje del aprendizaje para convertirse en un elemento complementario frente a la verdadera interiorización del concepto. Ya no basta con repetir normas, definiciones o artículos de la “A a la Z”. Lo verdaderamente relevante es comprenderlos, interpretarlos y saber aplicarlos en contextos cambiantes. La inteligencia artificial, concepto que se repetirá varias veces a lo largo de este artículo porque es una realidad cada vez más presente y sostenida, ha transformado radicalmente (y para bien, en mi opinión) la forma en que accedemos a la información. Hoy, una búsqueda que antes tomaba horas puede resolverse en milisegundos con una simple frase (prompt), una imagen o incluso una idea general. La memoria no perdió su importancia, pero sí cambió su función.
La segunda es clara: aprender a preguntar marca la diferencia: con información abundante y al alcance de la mano, la diferencia ya no radicará, para el profesional en derecho, en quién responde, sino en cómo se pregunta. La inteligencia artificial responde, pero poco cuestiona con base en un contexto humano. Y, ahí, la cabeza le sigue ganando a la máquina. El jurista del mañana conoce la norma, pero, ante todo, sabe identificar el problema, analizarlo y delimitarlo. El arte de preguntar, de forma acertada, conducente y pertinente, anticipa, desarrolla y mitiga.
La tercera es menos evidente pero, quizá, la más relevante de las tres: desaprender tan rápido como se aprende. El hecho de que “siempre ha sido así”, que antes parecía un concepto arraigado, hoy se transforma con rapidez. En ese contexto, una de las habilidades más importantes del jurista del hoy, aunque menos visible, es la capacidad de desaprender. Cuestionar lo que se daba por cierto, soltar esquemas y abrirse a nuevas formas de entender y ejercer la profesión y su vocación. La inteligencia artificial acelera este proceso al evidenciar que las “verdades” pueden ser revisadas o complementadas. El jurista que se aferra a lo aprendido, sin desaprender, corre el riesgo de caer en el olvido; quien aprende a desaprender, en cambio, se mantiene vigente.
En definitiva, formarse hoy en derecho exige e implica mucho más que dominar normas o acumular conocimiento. Exige e implica desarrollar criterio, hacer mejores preguntas y mantener la capacidad de adaptarse en un entorno en constante cambio o, en otras palabras, aprender a desaprender con rapidez y serenidad. La inteligencia artificial no reemplaza al jurista; lo obliga a ser mejor.
Al final, el verdadero diferencial no estará en lo que se memoriza, sino en cómo se comprende y se aplica en contextos reales. Ese es, quizá, el mayor reto, y también el mayor privilegio, de ejercer el derecho en nuestro tiempo.
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