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OPINIÓN

De por qué no descargar libros en PDF a través de Internet

01 de mayo de 2026

Tatiana López Romero

Directora Creania Laboratorio Legal
Canal de noticias de Asuntos Legales

Tengo un amigo que lee mucho y la mayoría de los libros que lee los descarga en PDF desde Internet. Hoy saco sus trapitos al sol, además en plena FILBo, para explicar por qué esta práctica conlleva la infracción de los derechos de los autores que admiramos y cómo perjudica a una industria que tanto nos aporta.

El derecho de autor (DA) persigue dos finalidades claras: proteger y reconocer la labor creativa, para lo cual garantiza a los autores el goce y el ejercicio de derechos morales y patrimoniales, e incentivar la creación, producción y difusión de obras, equilibrando dichos derechos con el interés del público de acceder a ellas. Los derechos patrimoniales son facultades exclusivas del autor o de quien este autorice: reproducir, comunicar, distribuir, traducir, adaptar o transformar la obra de cualquier manera. La exclusividad de estas facultades es, a la vez, reconocimiento e incentivo. Gracias a la remuneración que perciben por el ejercicio de sus facultades, muchos autores pueden seguir creando.

La disponibilidad en línea suele confundirse con el dominio público o uso libre, pero gran parte del contenido en Internet está protegido por el DA y requiere autorización para su uso, reproducción y/o distribución. Por eso, a todos los usuarios de Internet nos corresponde verificar si el contenido que nos interesa es de uso libre o si debemos pagar por él y quién tiene derecho a recibir dicho pago. La mayoría de sitios de descarga de libros reproducen y distribuyen obras protegidas sin haber sido autorizados para ello por los autores. Es decir, ellos infringen los derechos de cada autor que aparece en sus “catálogos”, perciben una remuneración que no les corresponde e impiden que la reciba quien sí tiene derecho a hacerlo. Seguramente se preguntan cuál, si para descargar libros mi amigo no tiene que pagar nada. Estas personas no actúan por filantropía, hay mecanismos de remuneración distintos al tradicional del pago de un precio: algunas monetizan las descargas de libros a través de publicidad, otras con la captura de datos a través de malware. Ganan porque ganan. Y peor aún: también infringe el DA mi amigo, ya que al descargar el PDF de un sitio no autorizado obtiene una copia de la obra en su dispositivo, lo cual conlleva su reproducción y, para rematar, después la reenvía a través del grupo de WhatsApp de sus amigos de fútbol o el de las tías monjas lectoras, lo cual clasifica como un acto de distribución.

El precio de cada libro remunera a todas las personas que intervienen en la cadena editorial: autor, traductor, la editorial y su equipo (editor, corrector de textos, diseñador, ilustrador), el librero. Todos ellos dejan de percibir lo que les corresponde por cada libro que mi amigo descarga en PDF. Así como una golondrina no hace verano, las decisiones de compra de mi amigo por sí solas no van a acabar con la industria editorial. Pero ¿y si lo vemos a escala? ¿Cuántas personas descargan y distribuyen libros diariamente? Estamos ante una práctica masiva. ¿Cuántos ingresos deja de percibir una industria que involucra a tantos actores? ¿Es sostenible un negocio con pérdidas constantes? Tal vez no desparezca del todo ni de la noche a la mañana, pero de algo nos estamos perdiendo como público: menos recursos significa menos autores nuevos, menores apuestas por voces no comerciales, menos librerías de barrio. Al final perdemos todos, no olviden que el DA busca permitirnos el acceso legítimo ─ que no es lo mismo que gratuito ─ a las obras.

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