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Fabio Humar J. - fhumar@fabiohumar.com viernes, 13 de diciembre de 2019

Fui formado bajo la idea de que el proceso judicial debía culminar con una sentencia, luego de que las partes debatieran sus pruebas. La sentencia, pues, era la piedra angular del proceso y en ella se determinaba qué había ocurrido en la vida real.

El proceso judicial era la “recreación” de lo que había pasado en la vida real, salvo que ahora dicho ejercicio se hacía frente a un juez, quien debía tomar una decisión.

¿Qué había pasado? ¿Quién había participado en los hechos? ¿Quién era responsable?

En fin, eran esas y otras las cuestiones que se debían desatar y dilucidar en el proceso judicial.

Esa era concepción de que el proceso judicial - en especial el proceso penal- se había diseñado para buscar la verdad.

Ahora, con pena de los procesalistas clásicos, románticos y conservadores, quiero proponer que esa idea de proceso se eche al baúl de los recuerdos para dar paso a una nueva forma de justicia, en la que la verdad no sea producto de largos y costosos escudriñamientos sino, más bien, de la construcción que de ella - la verdad- hacen las partes. Una verdad consensuada.

¿Cuáles son las ventajas de este nuevo modelo de justicia?

Muchas, pero voy centrarme en una: agilidad.

El país no soporta mucho más tiempo con la justicia que tenemos. A mi juicio, todos los problemas que padecemos los colombianos son producto de una justicia demorada, amodorrada, anticuada y corrupta: desde la violencia de barrio hasta los grandes conflictos de tierras pasan por una justicia inoperante.

¿En qué consiste este nuevo modelo?

El juez ya no está ahí para llegar a la “verdad verdadera”, como decimos los abogados. El juez, en este nuevo modelo, arriba a una verdad construida por las partes, lo que ahorrará tiempo significativo y evitará desgastes innecesarios.

Hay casos de éxito que dan cuenta que esta idea sí funciona: La semana pasada la compañía Ericsson llegó a un acuerdo con la justicia gringa para dar por terminada la investigación por haber pagado sobornos.

¿En verdad esa empresa pagó los sobornos?

¡No importa! Importaría si estuviéramos en presencia de la justicia que busca la verdad verdadera; pero no en esta nueva, donde las partes rápidamente llegan a una solución.

El Estado lo señala de pagar sobornos. Es posible que así sea, pero la carga de probar esa afirmación corre por cuenta del Estado. En todo caso, ese proceso será sangriento y costoso, por lo que la empresa decide “construir”, junto con el Estado acusador una verdad, que consiste en afirmar que sí pagó sobornos y por lo tanto logrará una reducción importante en la sanción.

Solo imagine, estimado lector, que así se resolvieran los casos en nuestro país. Por ejemplo, el caso de corrupción de Odebrecht ya sería historia patria. Interbolsa - donde los delitos prescribieron- se habría resulto hace años. Quizá sabríamos algo sobre la posible red de pedofilia que rodeó el caso de la niña Samboní, o tendríamos claridad sobre el cartel de la toga.

El gusto por la verdad, no está dejando con la mentira como única versión.

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