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  • Eduardo Varela Pezzano

martes, 22 de julio de 2014

Cuando eso te pasa, te preguntas: “¿Es eso ético en esta profesión? ¿Que otro se lleve los aplausos y el reconocimiento por algo que yo escribí?”. Sabes cuándo lo es, y cuándo no lo es.

No me refiero a cuando en una firma de abogados le preparas la demanda al socio para que la firme -para eso te pagan, y alguien, al final del día, tiene que firmar-. Ni tampoco al caso en el que le proyectas la respuesta a un colega para contestarle la consulta a un mutuo cliente. Todos jugamos para el mismo equipo. 

Me refiero a algo vergonzoso: cuando un colega toma el texto de tu demanda, o el clausulado del contrato que tantas horas te tomó redactar, y simplemente cambia tu nombre por el suyo, atribuyéndose la autoría y el aporte intelectual del documento.

Esa debería ser la falta disciplinaria más grave al ejercicio de la profesión, y es la raya que el profesional del derecho jamás debe cruzar. Con todo, en la práctica legal colombiana los he encontrado así. Tal cual. A diario.

Si un abogado recurre a las minutas que encuentra en internet para hacer su trabajo, no lo reprocho. Nadie tiene por qué hacerlo. La mediocridad, después de todo, no es una falta a la dignidad de la profesión. ¿Te “inspiraste” en el contrato que redactó otro porque no sabías cómo redactar la cláusula penal de tu contrato? Bueno, eso tiene algo de justificación. Al menos hay algo de justificación en estos casos.

Pero si tu aporte intelectual como abogado depende de que hagas copy-paste todo el tiempo, y tu modus operandi es cambiar el nombre de otro por el tuyo, utilizar los mismos argumentos (palabra por palabra) de un colega para una demanda, o “pegar” el clausulado idéntico de otro en tu propio contrato (con la idea de que “ok, es que eso ya está hecho”), te conviertes en un deshonroso e indigno profesional de la abogacía.

Lo más decepcionante es que el plagio o la copia del trabajo de colegas no son faltas tipificadas expresamente en el código disciplinario del abogado (Ley 1123 de 2007), estatuto que contempla las faltas contra la dignidad de la profesión, el decoro profesional y la lealtad contra el cliente.  

Tal vez podría encuadrarse alguna de estas faltas en la regla que sanciona el “…obrar con mala fe en las actividades relacionadas con el ejercicio de la profesión” (art. 30, numeral 4º); o en aquella que tipifica como falta “…el ejercicio ilegal de la profesión” (art. 39). El plagio o la violación del derecho de autor de otro, en últimas, es una actuación ilegal. Sin embargo, en la práctica esto es muy difícil, porque que el mismo código señala que los abogados sólo pueden ser investigados y sancionados disciplinariamente por comportamientos que estén descritos como falta en la ley vigente (art. 3º).

Ya que hablamos de derechos de autor, estos tampoco son un mecanismo de protección eficiente para los escritos jurídicos de los abogados. 

Por ejemplo, la Dirección Nacional de Derecho de Autor (Dnda), entidad pública ante la cual se registran las obras literarias para efectos probatorios relacionados con la titularidad del derecho de autor, no acepta que se registren demandas o contratos redactados por abogados (salvo que se trate de cuestiones académicas o científicas). La tesis de la Dnda es que la legislación autoral no protege las ideas contenidas en obras literarias, o el contenido ideológico o técnico de las mismas, ni su aprovechamiento industrial o comercial (art. 7º, Decisión 351 de la Comisión de la Comunidad Andina de Naciones).

Ante este vacío legal en el régimen disciplinario de los abogados y en la ley autoral, los juristas que escribimos nuestras propias cosas seguiremos lidiando con los colegas -si es que todavía se pueden llamar así- que prefieren la ley del menor esfuerzo; los holgazanes que tienen que acudir a otros mejores que ellos para salir adelante.  

En la práctica legal he visto a muchos abogados incurriendo en faltas a la ética profesional. Pero no puedo acordarme de una falta que inmediatamente me produzca tanta aversión.

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