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Martes, 1 de octubre de 2013

Conmocionados todos los colombianos recibimos esta semana la nefasta noticia de la muerte de aficionados al fútbol por cuenta de hinchas de otros equipos.

Como es habitual en nuestro país, frente a ello se anunciaron reuniones y comités del más alto nivel, medidas drásticas, aumento de penas, y demás. 
 
Como siempre, al final no pasará nada, el balón seguirá rodando, y aficionados continuarán entregando sus vidas por cuenta de una sociedad que ha perdido el norte, en la que la violencia se ha convertido en la regla general. 
 
La violencia por cuenta del deporte es apenas un síntoma de una enfermedad que corroe nuestra sociedad colombiana, como lo son los elevados niveles de violencia que manejamos diariamente. 
 
Al iniciar el día, nos conectamos con algunas de las emisoras de nuestro país, para enterarnos del acontecer nacional, y encontramos como entrevistadores y entrevistados se baten en un verdadero circo de violencia verbal, en la que el vencedor es quien logra agraviar de la peor manera a su contradictor. 
 
Pasamos a las redes sociales, y lo que encontramos, no es mucho más alentador. Es frecuente encontrar que en Colombia son tendencia frases racistas, discriminatorias, y el matoneo y la burla virtual son el pan de cada día. 
 
El ambiente en nuestras oficinas y despachos públicos tampoco es mucho mejor, pues el ciudadano de a pie encuentra que sus necesidades reales no son resueltas, con un sistema de justicia en el que sus demandas y reclamos jamás son atendidos, o lo son a destiempo, cuando la premura ha desaparecido, unos servicios públicos deficientes, así como dificultades y limitaciones para su movilidad personal. 
 
Al transportarnos a nuestros hogares o lugares de trabajo, encontramos la agresividad como la regla general en el comportamiento de conductores y peatones. 
 
Cuando observamos los discursos de nuestros políticos, vemos que han hecho de la agresión, la sátira y el sarcasmo la mejor manera de hacerse notorios. 
 
El análisis, la discusión en el marco del respeto y la decencia, simplemente, no resultan funcionales en una sociedad que admira, a cual más, la adulación y  lo que hoy llamamos visibilidad. 
 
En general, los colombianos hemos aprendido a lidiar cotidianamente con la frustración permanente. 
 
La naturaleza humana, imperfecta a cual más, nos lleva a transmitir todas estas frustraciones al hogar, generando familias fracturadas, y todo tipo de violencia al interior del lugar más sagrado. 
 
Naturalmente, toda esta violencia acumulada, fruto de tanta frustración y un entorno que adula la agresión, no puede generar nada diferente a lo que hoy vemos: la violencia intrafamiliar disparada, y la agresión en todos los escenarios, uno de los cuales, naturalmente, es el deporte. Así las cosas, de nada servirán tantos comités, cumbres, normas y demás. 
 
Si queremos resolver el problema de la violencia en los estadios, tenemos que entenderlo como un síntoma más de una enfermedad que nos aqueja como sociedad, y es el exceso de violencia en todos los aspectos de nuestra cotidianidad. 
 
La solución no parece sencilla, pero reconocer la enfermedad es ya el primer paso para la curación.