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Bibiana Andrea Cala Moya - camila.jimenez@bakermckenzie.com viernes, 13 de septiembre de 2019

Los días en que los penalistas solo iban a audiencias y atendían casos de homicidio son cuestión del pasado; la estricta división que por muchos años hubo en la academia y la práctica entre el derecho penal y el resto de las áreas jurídicas es un anacronismo.

¿Cómo es el penalista actual?

El penalista contemporáneo debe tener la capacidad de asesorar a sus clientes estableciendo la estrategia para afrontar un proceso penal, así como previniendo riesgos penales en su actividad económica. La percepción mal concebida del penalista como solo litigante dedicado a defender narcotraficantes debe quedar en el pasado, pues la realidad conlleva a determinar que la nueva percepción se enfoca en un asesor estratégico en momentos de crisis, pues será su conocimiento y experiencia los que ayudarán a determinar si la vía penal resulta ser el camino más eficiente y efectivo para solucionar determinadas situaciones coyunturales.

El Derecho Penal de la Empresa es sin duda el mayor responsable de la nueva percepción del penalista. En la medida en que la afectación del mercado, el detrimento del patrimonio empresarial o las malas prácticas en los negocios han dejado de ser un asunto exclusivo del Derecho Privado, es deber de los penalistas conocer el negocio de nuestros clientes, su industria y por tanto, asesorar adecuadamente a los empresarios sobre cuándo y cómo un proceso penal es el camino idóneo para restablecer sus derechos.

En ese contexto y dentro de los límites legales y éticos, un penalista debe tener la capacidad de conducir una investigación al interior de una empresa para establecer si en realidad ha ocurrido una conducta de relevancia penal y su necesidad de ponerla en conocimiento de las autoridades competentes. En otros términos, el penalista contemporáneo sabe cuándo la vía penal, en términos estratégicos, es el mejor camino para proteger intereses empresariales.

Este Derecho Penal Empresarial o Corporativo del que tanto se habla exige que en muchas operaciones comerciales e industriales se requiera consultar a un penalista con más frecuencia de la que se cree; los riesgos penales están a la orden del día. Hoy no es exótico que los penalistas intervengan en procesos de adquisición y fusión de sociedades, ni que su opinión sea importante a la hora de tomar una decisión de gobierno corporativo, o que se les consulte para múltiples cuestiones internas de las empresas.

Prevenir la comisión de delitos ya no es una cuestión filantrópica en el sector privado, sino una cuestión que exige la asesoría de un buen penalista para cumplir con la ley. El penalista necesariamente interviene con recomendaciones oportunas en el diagnóstico de riesgos de actividades delictivas que una empresa pueda tener y asesora sobre las medidas que se deben tomar para mitigar dichos riesgos; un buen programa de prevención de actividades delictivas, sin importar la naturaleza de éstas, no queda estructurado de forma sólida si un penalista no asesora su desarrollo.

En suma, la formación y experiencia del penalista contemporáneo exige no solo mayores conocimientos, sino la adquisición de distintas habilidades que van más allá de las propias de un buen penalista litigante. La época en la que los penalistas sólo eran llamados cuando aparecía la Fiscalía son cosas del pasado; el penalista es ya un miembro más de los equipos legales en todo tipo de decisiones empresariales. Sin duda alguna, la práctica penal actual es increíblemente amplia y llena de retos para quienes asuman la decisión de ser penalistas.

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